Desde
que el Ayuntamiento asumió la responsabilidad sobre Igartza no
existe en el pueblo otro vecino tan venerable, honorable y famoso
como éste.
Sin
embargo, a lo largo de generaciones precisamente han sido las
posturas encontradas las que han definido la relación entre Igartza
y Beasain. En efecto, estos dos núcleos han encarnado y defendido
dos visiones del mundo completamente diferentes.
Mientras
que la gente de Beasain organizaba su vida en torno a la vecindad
y al ayuntamiento, en Igartza lo cotidiano estaba organizado en
torno al Señor del lugar, en torno, en definitiva, a una persona.
Por
esto, si en el pueblo se desarrolló una identidad basada en la
pertenecía a un lugar, quienes entraban dentro de la red del Palacio
se unían a la figura de un caudillo, y no a la de un territorio.
Para ser de Beasain, se hacía necesaria la villa, el distrito
municipal y los dirigentes municipales; en cambio, para ser de
Igartza, no había ninguna frontera: cualquier lugar en el que
estuviera presente un familiar, cliente o criado del Señor de
Igartza era igartzatarra.
Por
emplear una imagen actual, si los ciudadanos de aquel Beasain
nos mostrarán virtualmente "su carné de identidad" Ordizia-Beasain
serían sus señas acreditativas; las de los Igartza, en cambio,
se expresarían por Oinatz-Lazkano-Igartza. Los unos, poblaciones;
los otros, apellidos.
Estas
dos filosofías -relaciones de vecindad/ relaciones de familiaridad-
estuvieron en disputa, tanto por lograr la adhesión de los habitantes
de la comarca como por hacerse con sus recursos, bien económicos
bien humanos. Por eso, habría que colocar los desarrollos de Igartza
y Beasain en el contexto del enfrentamiento entre las villas y
los Parientes Mayores. Con el fin de hacer frente a éstos, aparecen
Segura y Ordizia. A ellas se unieron quienes, no querían caer
en el dominio de los Parientes Mayores, en este caso en el dominio
del Señor de Lazkano, vivían en la antigua Alcaldía de Areria.
En esta dinámica, Astigarreta y Gudugarreta se unen a Segura en
1384; Beasain, por su parte, entra en la protección de Villafranca
de Ordizia en 1399.
Ante
esta situación, los que defendían una sociedad que tuviera como
clave la relación basada en las relaciones familiares jerárquicas,
optaron por dar un impulso nuevo a aquel Igartza nacido en la
Edad Media.
El
conjunto que actualmente disfrutamos en Igartza es heredero de
esa decisión. Sin embargo, con la aceptación como vecino que recién
le ha otorgado Beasain, podemos dar por concluidos los enfrentamientos.
Igartza, hoy en día, es un vecino más, aunque su fenomenal aspecto
clama con fuerza su pasado.

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Como
ya se ha dicho, podemos considerar estas elegantes estructuras
como una consecuenciade la decisión adoptada a finales del siglo
XIV por el bando de Lazkano para renovarse. Siguiendo a los cronistas
de entonces, y para hacer frente al reto que suponían Segura-Ordizia-Beasain,
Joan López de Lazkano eligió a uno de sus hijos para afianzar
Igartza. Garci López de Lazkano fue el escogido, encomendándosele
aumentar el valor de Igartza, tanto en rentas como en hombres.
Al
hilo de este objetivo, Garci López y sus sucesores se hicieron
con tierras y atrajeron gente al lugar. Junto a esto, y entre
otros aspectos, pusieron en funcionamiento el molino y la ferrería.
Un
trabajo tan ingente como éste tuvo que sortear grandes obstáculos,
sobre todo tras 1456 y la orden de Enrique IV rey de Castilla
para demolir todas las casas-torre y también Igartza resultó desmontada.
De
todas maneras, la línea marcada por Garci puede seguir adelante,
ya que consta que Igartza estaba operativo en 1475. Así, en el
testamento de quien será nieta de Garci, Maria de Igartza, datado
en 1504, figura la lista de propiedades que reproducimos a continuación:
Palacio de Igartza, molino y ferrería; ferrería de Igartzaola
(en Aratz-Matxinbenta); casas Usategi, Zapatari y Errementari;
venta y molino de Aratz; hospital de Agirrezabal; caserío de Barrendain,
Antzizar txikia, Abarizketa Behekoa y Arrieta.
Es
hora de pasar a ver las características principales de estos edificios.
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